Anoche fui al último concierto desenchufado de Malpaís. Estuvo genial y todo el mundo participó mucho, que era el objetivo. La iluminación fue espectacular y cantaron muchas, muchas de las canciones que los han hecho famosos. Sólo un lunar negro hizo que casi abandonara el espectáculo a la mitad.
Daniela, la hija de Iván, quien estaba haciendo los coros, necesitaba volver a la tarima y para hacerlo pasó, acompañada de un tipo de seguridad, por detrás de mí. Yo sentí una mano en mi espalda y acto seguido, un empujón que me tiró un toque hacia adelante. Volví a ver y era el tipo de camiseta negra con la palabra SEGURIDAD pintada en amarillo en la espalda. No voy a exagerar y decir que me botó porque no (se necesita mucho más para botar a esta nena, ejem, perdón), pero primero, no tenía porqué tocarme siquiera; segundo, mucho menos empujarme. Cuando lo vi venir de vuelta, le pregunté dije: ‘Oiga, ¿porqué me empujó?’. Con la insolencia, prepotencia y falta de cortesía que los caracteriza, en un grito me contestó: ‘Porque está estorbando.’ Lo vi continuar su camino hasta la esquina donde estaba apostado. A mi mirada de perplejidad y furia, que era lo único que podía hacer en ese momento (en realidad, si hubiera querido, con mis escasas clases de Tae Bo talvez habría logrado darle por lo menos un buen puñetazo, además de que el tipo no estaba tan grande) el susodicho respondió con una risa sarcástica, como diciendo ¿qué vas a hacer? ¡no me podés tocar! Repito, estuve a punto de largarme. Este tipo casi logra arruinarme la noche porque cuando a mí se me infla el hígado, este ocupa casi toda la cavidad visceral en mi hermoso cuerpo y la bilis me domina y me quiero desmayar de la cólera. Pero por dicha todos estos síntomas son pasajeros; entonces, al cabo de unos laaaaaargos minutos, logré dominar mi sistema y seguí en lo que estaba, o sea, chiflando, cantando, gritando y meneándome.
Corríjanme si me equivoco: uno va a un concierto de Malpaís (o de quien sea, para los efectos) a disfrutar de la música, de las letras de las canciones, del arte y hasta a bailar, ¿o no? Hasta ahora oigo yo que uno va a estorbar o a que lo empujen.
Me parece una verdadera lástima que la empresa de seguridad que contrataron para cubrir los desenchufados no haya instruído ni ubicado a su personal acerca del tipo de público que asiste a ver y oír a Malpaís. No es que sea clasista, porque igual asisto a conciertos de otros géneros musicales y ya se sabe que los gorilas que hacen de ‘mantenedores del orden’ en los conciertos no son reconocidos por su dulzura ni su cortesía, pero ¡por Dios! no estaban cuidando un concierto de reggaetón ni de heavy metal; el orden reinaba en todo el salón y era absolutamente innecesario el pasar al plano físico, por más básico que este hubiera sido. Si el empujón se lo hubiera dado a Vero, que andaba conmigo, la tira al suelo de fijo. Y ahí sí que se hubiera armado una bien obesa, no matter what.
Dios librísimo ese guardaespaldas ‘wannabe’ trabajando en un concierto de Metallica o de Calle 13: seguro se abre paso a punta de palos o peor, a punta de bala.
Arribita les regalo una foto del mentado, por si alguien lo conoce, que le cuente que le dediqué estas líneas.
Quiero más!