Wednesday, February 15, 2006
Las crónicas de la Gata y el León: Sueños de Guerra
Fue al remanso donde solía beber y se llenó el hocico de agua que apuró en largos tragos hasta su estómago. Se sentó bajo la sombra de un guayabo y, recostada al fresco tronco, empezó a recapitular su sueño.
Soñó que había vuelto a la cueva-ring-escondite donde había jurado no volver. Soñó que había citado al León Escurridizo, para ajustar cuentas por un asunto viejo y que el León, que solía huir en lugar de confrontar, había asistido puntual y sin reparos a la cita. Soñó que había llegado y lo había encontrado quieto, callado, serio, esperándola. Soñó que lo había rondado tres veces, muy cerca de su pelaje, oliéndolo, casi saboreándolo y que él no se había movido, si acaso había respirado. Soñó que lo había empujado suavemente con la cabeza y las patas hacia la madriguera cubierta de paja y hojas, donde acostumbraban pelear, antes de la promesa solemne de no volver, y que él se había dejado guiar hasta allá sin protestar. Soñó que lo había atacado sin piedad y sin pausa, con zarpazos violentos y rápidos, con mordiscos repentinos y fugaces, con lengüetazos largos y sostenidos. Soñó que el León no se defendía, que no peleaba de vuelta y que, lejos de sentirse aburrida por su inercia, le gustaba tener el control. Soñó que lo había hecho gruñir, rugir, retorcerse y brincar en el mismo lugar pues no tenía espacio, ni voluntad, ni ganas para liberarse de la llave que ella le tenía aplicada sobre el lomo y las ancas traseras. Soñó que el León le había rogado, implorado, suplicado en un gruñido que lo matara de una buena vez, que no soportaba más el dulce dolor de las dentelladas, ni la tibia y húmeda sensación de su lengua torturadora, que lo saboreaba despacio. Soñó que sonreía, que lo volvía a ver y que él, con sus ojos entrecerrados por la agonía, le sonreía de vuelta. Soñó que lo había llevado a la muerte entonces, como nunca antes lo había hecho, como merece morir un gran cazador: en el clímax de la cacería. Soñó que al morir él y verlo tan quieto y pacífico, tan sumergido en la inconsciencia y tan ajeno a su naturaleza bélica, se había recostado sobre su panza y le había acariciado la melena casi con ternura. Soñó que había lamido despacio sus heridas de soldado aguerrido y valeroso, muerto en una guerra avisada. Soñó que de su pecho de gata chorreaba ufana la sangre de su víctima. Soñó que lo había tomado de colchón, que se había dormido encima suyo y que soñaba con él, en la cueva-ring-escondite donde había jurado no volver.
Luego despertó sintiendo que no había sido un sueño, sino algo tan vívido que tenía aún en su paladar el rastro metálico de la sangre. Talvez se había mordido la lengua en los fervores del sueño. La Gata, desconcertada, caminó hasta el río en busca de agua.Tenía que hacer algo. Lo iría a buscar. Ya tenía que estar de vuelta de su viaje. Resolverían de una vez por todas ese asunto que los tenía en tregua. Emprendió el camino y a lo largo del trecho que la llevaba hasta el refugio, cinco palabras bailaban en su cabeza: The hunt must go on.
Quiero más!
Tuesday, February 14, 2006
Carta de desamor
Una gota de sangre marca el inicio de esta carta.
Las palabras, por primera vez, no me alcanzan. No son suficientes para arrancarme de adentro este cáncer, este monstruo que me corroe y me corrompe. Nunca quise conocerte así. Nunca pensé que ese día llegara. Nunca pensé perderte. Y ya no aguanto más.
Las estrellas marcaron nuestro camino desde antes de encontrarnos por primera vez, en ese período oscuro que fue mi adolescencia, seis o siete vidas atrás. En el cielo nocturno estaba escrito que tu camino y el mío se cruzarían de nuevo en un punto trágico y amargo, marcándonos de por vida. Muy tarde nos dimos cuenta de esto.
Yo sé que no vas a volver, eso también está escrito. Por eso, porque sé que lo que fue ya no será jamás, quiero pedirte algunas cosas. Son cosas simples. Talvez algunas ya me las concediste, sin saberlo. Otras no.
Primero, arráncate mis besos de la piel. Que no quede rastro de mis labios en tu cuerpo. Talvez tú, con tu desamor lo logres. Yo fallé en el intento. No quiero que sufras lo que yo al recordar tu boca recorriéndome, cada vez que el silencio de esta casa vacía la emprende a golpes contra mí y mi nostalgia.
Segundo, borra de tu memoria las promesas que te hice, tanto las que cumplí como las que el tiempo escurridizo no me permitió hacerte realidad. Yo escribí las tuyas en un papel que ardió en mis manos hasta que se quemaron las puntas de mis dedos.
Tercero, no quemes las cartas, los poemas, ni los cuentos que inspirándome en este amor efímero como pocos, logró escupir mi mente exhausta, muerta de cansancio por pensar en ti veinticinco horas al día, ocho días a la semana. No los quemes porque de nada sirve ese exorcismo. Yo ya lo intenté. Cada palabra ha cobrado vida con más fuerza en el fuego y, sin tregua, cada una habla de ti, huele a ti, sabe a ti. Y sabes que soy un hombre de palabras; ellas me persiguen hasta en sueños.
Cuarto, escucha con atención en la noche, en la hora en que todo calla, esa hora en que todo es denso, la hora en la que confluyen la fantasía y la realidad en una sola dimensión y en la que te siento cerca no pudiendo estar más lejos; agudiza el oído a la orilla de tu ventana y te llegará con la brisa del sereno mi último suspiro por ti. Ese que se escapará de mi pecho al escribir el punto final de esta carta.
Quinto, aparta de tu mente cualquier vestigio de retorno. Sé muy bien que este será un pedido inútil pues no vas a regresar, pero si existiera siquiera esa esperanza, aniquílala. Un gran “no” es lo único que nos queda; eso y la certeza de que si vuelves ya no me encontrarás.
Sexto, perdona mis dulzuras, mis detalles, mis cursilerías. Si hubiera sabido que querías que te tratara mal lo habría intentado, habría sido más tosco, más grosero, más bruto. Perdóname el haberte enviado flores, el cantarte al oído, el escribirte cartas y poemas de amor; pero sobre todo, perdóname el haberte amado tanto; el seguirte amando aún.
Y por último, cuando termines de leer esta carta, lávala. Luego rómpela y para acabar, a esta sí, préndele fuego. Lávala primero para que no se queme mi sangre, caída en el papel, más de lo que se ha quemado con tu ausencia, que no arda esa última lágrima que lloré por ti; rómpela después para desmembrar las palabras de este adiós temporal y doloroso; y quémala para que esas mismas palabras surjan de las cenizas, quiero que te acompañen y te persigan hasta la próxima vida en la que nos hemos de reencontrar.
Porque sé que no he de amar otra vez como te he amado a ti, Victoria, que, irónicamente, eres mi gran fracaso; porque tu separación de mi vida ha sido apocalíptica, marcándola irrevocablemente en un antes y un después de ti; porque sé que no has de volver mientras viva; apuraré mi paso a la próxima reencarnación y entregaré mi cuerpo al océano, donde será recibido con humedad y tibieza, como me recibió tu vientre la última vez que fuiste mía.
Tuyo para la eternidad,
Quiero más!
Monday, February 13, 2006
Saturday, February 11, 2006
Pequeñas salidas III
La enana de cinco años, la mamá, la abuela y la tía se fueron al supermercado, para comprar algunas cosillas. Agarraron un solo carro de compras, lo cual demostró luego ser un grave error puesto que cada quien tenía que comprar cosas diferentes, en distintas secciones de la tienda y todas querían hacerlo al mismo tiempo para salir rápido de ahí.
Entonces se perdieron unas de otras (la enana y su mamá por un lado, la tía y la abuela por otro) en varias ocasiones, con el obligatorio retraso que buscarse en tan inmenso lugar representaba después, así como la infaltable reclamadera y la retorcida de ojos por atrasar. Estaban juntas las cuatro ya en la sección de panadería y la mamá se acordó que tenía que llevar un detergente en polvo, por lo que se fue a buscarlo y la enana la siguió, guindada de la falda de su blusa. Llegaron al estante con las trescientas marcas de jabón para lavar ropa, agarró la marca que se usaba en casa, dio media vuelta con la enana siempre guindando de ella pero al llegar al final del pasillo la sintió soltarse. De inmediato se volteó a ver qué pasaba y la enana estaba viendo con ojos aguzados hacia todas partes, como buscando algo. La mamá se quedó viéndola intrigada, sin imaginarse qué podría esperar ver su pequeña entre aquel mar de gente, desde aquellas tierras bajas de su estatura. De repente, la niña cesó en su búsqueda, volvió a ver a la mamá con ojos de indignación y dejando caer sus bracitos a los costados en signo de impotencia, con todo el sarcasmo del mundo le dijo:
-¡Excelente! ¡Ya se nos perdieron otra vez!
Quiero más!
Las crónicas de la Gata y el León: Bitácora provisional en hojas de plátano.
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Fue una situación totalmente fortuita que nos topáramos así, ahí, los dos solos. Eso siempre es un detonante entre nosotros, el encontrarnos a solas. Los ánimos se encienden, las pasiones se caldean; ánimos y pasiones que compartimos al cien por ciento y más, si cabe. Es que la veo y se me desata un hambre atroz. De entrada, al verla, pensé que había averiguado de mi viaje por medio de alguno de sus adivinadores del bosque pues se rumora que los consulta a menudo; pero esa idea se disipó al ver su cara de genuino desconcierto cuando volteó para mirarme de frente. Casi podría asegurar que vi una mueca de enojo en su cara. Me le quedé viendo a los ojos después de un corto intercambio de preguntas y sus ojos prístinos me lanzaron fuego desde la esquina donde estaba atrincherada. Eso es lo que me encanta de ella; siempre está lista para la guerra, esté donde esté, en el momento que sea, no hay fuerza capaz de impedir una lucha mortífera si las condiciones son propicias.
No era la primera vez que yo peleaba en un teleférico. De cachorro adolescente me tocaba que tomar el teleférico al valle de Valalí a visitar a unos primos mayores que yo, que eran buenos cazadores y de los que aprendí mañas, así como ellos de mí, a lo largo de los años. Una que otra vez me tocó compartir el aparato con felinas muy entendidas en el arte de cazar y protagonizamos sangrientas peleas en lo alto de la floresta y bajando las montañas. Pero esas eran andanzas de juventud y yo ya no soy un cachorro; así que nunca esperé verme atrapado en un cajón metálico rojo de cuatro varas por cuatro, y menos dándome de zarpazos, mordiscos y lengüetazos con ella, con la “Gata Fiera”.
¡Cómo odia que le diga así! Me repite gruñendo que su apellido es Vaquera no Fiera y que la respete; pero si nadie la respeta más que yo. Lo de fiera es porque lo es, no hay más que decir. Si yo hubiera encontrado una sola leona que me diera la pelea que esta felina menor me da, me habría retirado de las lides hace mucho tiempo. Pese a lo estrecho del lugar, debo decir que nuestra contienda demostró la misma calidad que en lugares más cómodos. Si bien ya nuestra flexibilidad para retozar como cachorros mermó, no está perdida del todo y eso quedó probado ese día. Ni ella cedió, ni yo cedí. Le di un zarpazo entre sus ancas traseras, separándolas de golpe y me lancé a probar de su carne. Su sabor es incomparable. Yo no estaba hambriento pero su olor y ese gusto distintivo de su piel me abrieron el apetito. De un mordisco le arranqué un pedazo y me lo guardé entre la melena.
Después, ella quiso comer de mí y yo no le opuse resistencia, como ella a mí. ¿Para qué, si siempre lleva las de ganar? Me ahorré el esfuerzo y la dejé saciarse con mi sangre y mi pelaje, que le quedó pegado en los bigotes cuando se retiró a su esquina y me dio la espalda. Luego creo que se durmió y entonces yo pude sacar con tranquilidad el pedazo de piel que le había arrancado, me tiré panza arriba y me lo puse en la cara. Olía y sabía a gata recién bañada.
De pronto, el pedazo de piel salió volando de mi hocico y al abrir los ojos la gata estaba encima mío, con ojos de rabia pero con una sonrisa pícara de delataba su diversión por el cuadro que acababa de presenciar.
-¿Qué demonios estás haciendo con eso en la cara? ¿Fetichista? ¿Ah?- y a pasos cortos se bajó de mi panza, sin esperar mi respuesta. Recogió el pedazo de carne, lo puso en su lugar y me dio la espalda de nuevo.
No nos hablamos más en lo que restó del viaje y al llegar a Noryanú ella salió primero del cajón rojo y yo la seguí hasta la plataforma del teleférico. Después no la vi más; ni siquiera sé si todavía estará por estos lares.
Bueno, se me acabó la piña colada, creo que iré por otra. Un reggaetón suena al fondo del bar y una jaguara menea sus ancas al ritmo de la música mientras con sus ojos rasgados me hace una invitación abierta a que la acompañe. Paso. El reggaetón no es mi fuerte.
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Friday, February 10, 2006
Pequeñas salidas II
Llegaron a la ventanilla y la mamá habló:
-Me da dos cangrejos, por favor… ¿Vos querés uno, Gabo?- el pequeño asintió de nuevo, pero esta vez con timidez –Mejor me da tres.
El dependiente se alejó del mostrador para traer el pedido y Gabriel se guindó de la blusa de su mamá, atrayéndola hacia abajo, como queriendo decirle algo.
La mamá volvió a verlo y, por puro instinto, acercó su oído a la boca del niño, quien le dijo en un tono apenas audible:
-Mamá, los cangrejos ¿están vivos o muertos?
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Thursday, February 09, 2006
Pequeñas salidas I
Se volteó hacia su marido y le dijo en un murmullo:
-¿Viste? Está abierta.
-Sí.
-¿Y si nos robamos las tres que necesitamos?
-¿Y si nos ven?
-Vos vigilá, yo las saco.
En lo que ambos padres no repararon fue que la pequeña Daniela Paola se estaba tirando los toros no desde la barrera, sino desde la tabla.
Entonces, cuando la mamá se agachó con disimulo para agarrar las codiciadas piezas, nada más se oyó a la chiquita decir, en un tono diez volúmenes más arriba de lo normal y con su timbre de voz más chillón:
-¿PERO COMO? ENTONCES, ¡YO NO ENTIENDO! ¿NO QUE ES MALO ROBAR?
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Wednesday, February 08, 2006
“Él dijo que sería fácil dejarme”
“Así que él aseguró que es fácil dejarme. No me preocupa y lo voy a superar. Es una cuestión muy simple; estaré triste por dos o tres días y luego mi corazón se volverá de piedra.” Aal Eah, Samira Saeid.
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Desperté pero mis ojos seguían cerrados. Traté de abrirlos y lo hice pero la oscuridad siguió siendo mi única luz. Un calor moderado me cubría todo el cuerpo, en cada centímetro de piel, que estaba toda desnuda. Era como una manta tibia, no sólo cobijando mi epidermis, poro por poro, sino que presionándose contra ella tal cual un masaje íntimo y seductor. Intenté moverme y sólo entonces me di cuenta de que no era dueña de mis movimientos pues, aunque mis músculos se agitaban con suavidad al ritmo del calor que me recorría, si yo intentaba hacerlos seguir mi voluntad simplemente ninguno respondía. Entonces, al ver inútiles mis esfuerzos por levantarme y salir de mi encierro, relajé mi cuerpo. Sentí de pronto como mis piernas se entreabrían, dando paso a un calor mucho más fuerte que recorrió el interior de mis muslos temblorosos, desde las rodillas hasta la base de mi pubis. Ahí se detuvo y yo contuve el aire en anticipación. No sabía porqué ni cómo pero mi excitación crecía conforme pasaban los segundos y aquella fuente de calor sólido y terso no avanzaba ni un milímetro más allá. ¿Quién o qué era aquello que me tenía aguantando la respiración? ¿Qué me estaba pasando? Lo último que recordaba antes de esto era al árabe diciéndome con su lengua arrastrada que se iba y me dejaba, que una mujer occidental no iba nunca a satisfacer las necesidades y rigurosidades de un servidor de Alá, porque éramos soberbias y vanas y que, aunque excelentes en el lecho, nunca nos sabríamos dar nuestro lugar, que era detrás de un hombre; no al lado ni mucho menos delante, sino atrás. Sus palabras de sílabas jaladas que si acaso lograba comprender, me golpearon como escupitajos de ácido en las pupilas y todo se tornó negro. Y luego esto. Todavía tenía el pecho henchido con la última bocanada de aire que había inhalado y el fuego entre mis piernas no se movía. Fue entonces que, sin una orden de mi cerebro, mis piernas se separaron unos centímetros más y un pene ardiente y anónimo me penetró sin aviso previo. La cobija alrededor de mi piel intensificó su presión sobre mí y un dolor rasposo pero placentero me nubló los sentidos por un momento para luego despertarlos a niveles insospechados. Mi amante incorpóreo parecía conocer el lugar exacto donde cada nervio de mi ser estallaba en oleadas de placer y lograba que mi cuerpo se arqueara en respuesta a su estímulo, como si tuviera un complejo sistema de cuerdas atadas a mis músculos y su condición de titiritero invisible lo hiciera dueño de mi voluntad. Cerré los ojos en vano pues la falta de luz era la misma que si los hubiera dejado abiertos. Los cerré por un reflejo, una reacción al estallido de hormonas que experimentaba por dentro. Los volví a abrir. Quise clavar las uñas en algo, tener un agarre, asirme de lo que fuera, cual moribundo tratando de sostener el alma y la vida que se le van. Mis dedos no respondieron. Mi garganta se tensó en un grito que no salía y sentí que mi yugular reventaría cediendo paso a la presión. Empezaron a chorrear los orgasmos. Conforme las maniobras del incorpóreo bajaban de velocidad, la intensidad de mis pequeñas muertes aumentaba. Una tras otra, sin descanso, sin tregua. No podía moverme a mi voluntad, no podía gritar, sólo podía jadear y hasta ésta facultad me estaba limitada, dado el peso de la oscura manta alrededor de mí. En medio de mi delirio me preguntaba de forma semi-coherente si muchas pequeñas muertes podrían convertirse en una grande, en la verdadera. Parece que sí. Acabada la última réplica del temblor del orgasmo final, un intenso jadeo que escapó de mi pecho fue el último también. Noté cómo mi corazón, que segundos antes latía desbocado, se había quedado silente e inmóvil de forma repentina y mi pecho ya no se hinchaba más. La manta alrededor de mí fue perdiendo su calor moderado y daba paso a un leve efecto erosivo sobre mi piel, provocado por una brisa suave que me rozaba y desprendía a soplidos los minúsculos granos de arena que se negaban a abandonar mi cuerpo. Libre de la prisión que la sostenía viendo hacia arriba, mi cabeza cayó inerte hacia un lado y mis ojos muertos vieron la escena más bella que pudiera haber visto en esta vida o en la otra: un cielo límpido y azul en una mitad, dunas y más dunas hasta donde alcanzara la vista en la otra mitad. Un sol ardiente como el instrumento de mi amante desconocido brillaba a lo alto, según logré captar con la esquina del ojo. Y digo ardiente porque así es el sol, aunque mi cuerpo gélido entre tanto calor no lo sintiera ya. Tuve la mejor de las muertes, la grande compuesta por mil pequeñas. El desierto me había hecho suya y él, en respuesta, ahora me pertenecía. Cuando el árabe volviera a pasar por aquí, con su caravana de camellos y mujeres, mi amante y yo nos encargaríamos de hacerle saber que no era tan fácil dejarme.
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Tuesday, February 07, 2006
De Rezos y Febreros II
Ya las primeras personas habían llegado y se habían acomodado en las sillas y sillones disponibles a lo amplio de la sala-comedor, todos de frente al portal. Faltaba media hora para que empezaran y la rezadora nada que se aparecía.
En eso sonó el teléfono y la tía de Eugenia contestó. Habló por unos minutos y volvió a ver a su sobrina con ojos aguados y cara de “medesmayo”. Se acercó a Eugenia, la tomó del brazo y la guió hasta la cocina, donde las otras sobrinas y hermanas se encargaban de tener todo listo para cuando tocara repartir.
-Eugenita, la rezadora no viene. Me acaba de llamar para decirme la mamá se le enfermó de gravedad y no puede venir.
-Ay tía, ¿y ahora qué va a hacer?
-Pues le va a tocar a usted, m’hijita. Usted hizo el rezo donde su mamá y lo hizo bien.
-Pero tía, allá sólo estábamos de la familia y si me equivocaba no importaba. Aquí vienen más de cincuenta personas. Además, yo sólo tengo doce años, ¿cuándo se ha visto a una güila como yo rezando un Rosario delante tanta gente? No, tía, mejor no. Me dan muchos nervios.
-No, no, por eso no se preocupe. Venga, sígame.
Eugenia la siguió hasta su cuarto, donde la vio dirigirse hasta la mesita de noche a la par de la cama. De la gavetilla sacó una pequeña botella metálica, sirvió un poco de su contenido ámbar en un vasito diminuto y se lo ofreció.
-Tómese esto, es una gotita de brandy, va a ver que no le dan nervios y reza de maravilla. Por favor, Eugenita, usted es mi única salvación. ¿Usted sabe lo que es que yo tenga que devolver a toda esta gente? Me muero de la vergüenza.
Eugenia la miró, impotente e incapaz de decirle que no, agarró el vasito, lo olió y se lo zampó de un solo trago sin siquiera arrugar la cara. Fue a buscar el librito guía del Rosario y la lista de las letanías y se sentó a enfrentar su fatal destino.
Esperó que el brandy hiciera efecto pero más bien fue al contrario porque para cuando tuvo que empezar a rezar sus nervios eran mayores que antes.
Sin embargo, el primer misterio transcurrió sin novedades; ella decía la primera parte de la oración y la masa de gente apuñada dentro de la casa contestaba el resto.
Empezó el segundo misterio, en el cual se invertían los papeles y Eugenia tenía que contestar en solitario la segunda parte de las oraciones. Quiso dudar en una o dos ocasiones pero remontó de su indecisión y terminó el decenario bien.
El problema se dio cuando, al iniciar el tercer misterio, a Eugenia le tocaba empezar las oraciones de nuevo. En el Padre Nuestro, Eugenia se trabó.
-Padre Nuestro que estás en el cielo… Padre Nuestro que estás en el cielo…- silencio total en la sala- P-p-padre Nuestro… ¡Ay jueputa! ¡Se me olvidó!- gritó en desesperación, saliendo de inmediato de la casa de su tía y largándose en carrera para la suya, sin volver a ver a nadie.
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Monday, February 06, 2006
De Rezos y Febreros I
Daniela le pidió permiso a su mamá, quien le preguntó si de verdad quería ir a lo que la niña le respondió que sí. Entonces la mamá cumplió con su deber de decirle que a un rezo no se iba a jugar ni a hacer escándalo como siempre que se reunía con Melany; que tenía que estarse quedita y callada porque a un rezo se iba precisamente a eso, a rezar.
Daniela prometió comportarse y obtuvo el permiso para asistir.
El sábado a las cuatro de la tarde empezó la rezadera. Daniela se sentó junto a su amiguita, la anfitriona, muy cerca de la puerta calculando que podrían escabullirse de ser necesario y de manera que les quedara la calle a la vista, lo mismo que el aire fresco. Al cabo de un rato, Daniela Paola ya no distinguía las palabras de las oraciones de un murmullo que se había instalado en sus oídos, que aparte de repetitivo era bastante arrullador. Se le empezaron a cerrar los ojos. Pronto vinieron los cabeceos que fueron interrumpidos por la tos de una señora muy viejita sentada cerca suyo, que hacía sólo unos minutos roncaba suavemente, pero que había despertado por un ataque de tos que le agarró, espabilándola a ella de paso.
El rezo iba ya por el tercer misterio gozoso y éste ya casi acababa. En el preciso momento del intermedio entre el último Gloria de ese decenario y el anuncio del cuarto misterio se hizo un silencio total en la sala de la casa. De esos silencios creados justo para una pequeña metida de patas como la que salió de la boquita de Daniela Paola, quien pareció esperar a que todos callaran para soltar en un intenso suspiro con todas las características de protesta a fuerte y viva voz:
-¡AAAAAYYYYYY QUE ABURRIDO! ¿A QUE HORAS TERMINA ESTO?
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Sunday, February 05, 2006
Las Crónicas de la Gata y el León: El teleférico.
Ella se decía a sí misma que quería poner un buen trecho de distancia entre ella y la jungla, pero en realidad lo que buscaba era poner distancia entre sus garras y las del León Escurridizo.
Fue y recogió de su cueva unas cuantas cosas pues no acostumbraba viajar cargando mucho; siempre tenía medios para procurarse lo que necesitaba o lo que le apetecía donde fuera que estuviera. Con paso tranquilo se dirigió a la base del teleférico que la llevaría, a través del dosel del bosque, hasta su ansiado destino. De camino se fijaba hacia arriba y hacia los lados de vez en cuando, procurando identificar cualquier movimiento sospechoso que le anunciara la presencia de los espías del León. Sabía que la tenía vigilada y no le interesaba que supiera de sus intenciones de escape temporal. Sus aguzados oídos y sus ojos que todo lo veían no detectaron nada fuera de lo común. Siguió pues, con calma, hasta que llegó a la base y vio el cajón metálico de color sangre, tirando a vino, cuyo color cambiaba según el tinte predominante en las copas de los árboles, que ahora estaban encendidas en todos los tonos rojizos que quepan en la imaginación. Era la época Malinche del bosque.
La Gata se subió al armatoste y sintió un alivio inmenso al saberse sola en el cajón. Nadie más viajaba a Noryanú, parecía. No dejaba de parecerle conveniente esa soledad repentina pues era justo lo que andaba buscando. La decisión de salir de viaje parecía acertada y todo apuntaba a que su tour iba a ser un éxito. Se recostó en una esquina, después de estirarse como sólo los gatos saben hacerlo, cuando parece que doblan su largor de una forma imposible. Puso la cabeza sobre su pequeño morral y no supo en qué momento se durmió, arrullada por la suave brisa que se colaba entre los árboles y por el sonido de las chicharras. De inmediato empezó a soñar e indefectiblemente el objeto de su deseo apareció en sus sueños, saboteando de entrada la razón de su viaje: olvidar aunque fuera por unos días.
La despertó el detenimiento brusco del teleférico. “¡Mierda! Yo creí que este chunche iba directo”, pensó; porque dedujo que la parada sólo significaba que algún otro animal iba a montarse e interrumpir su recién adquirida soledad. Se asomó por encima de la baranda pero una cerca tupida de veraneras le tapaba la visibilidad para saber cuántos o quiénes eran los intrusos. Decidió no darle mente y se volteó hacia la parte de atrás, diciéndose a sí misma que, de todos modos, no había nada que ella pudiera hacer al respecto. Oyó la portezuela abrirse y cerrar de nuevo y sintió un bajonazo del cajón sobre los cables de la estructura, lo que le hizo suponer que quien fuera que se hubiera montado, estaba pesado. Contó los pasos que oyó y supo que un cuadrúpedo se había subido, no más. No volteó a ver porque no le gustaba ser maleducada y sabía que en su cara había pintada una mueca de disgusto; estaba molesta por la situación y quien ahora sería su compañía de viaje no tenía la culpa de haber tomado el mismo aparato que ella.
El teleférico arrancó de nuevo y la Gata se recostó de nuevo contra la malla, nariz por delante. No estaba dispuesta a dar la cara todavía. Hasta que oyó una voz ronca decir detrás de su lomo:
-Gata.
Su cuerpo se arqueó en U y de un brinco giró su cuerpo ciento ochenta grados, cayendo de pie, como siempre, pero en posición de defensa. De frente suyo tenía al León Escurridizo, viéndola entre divertido y extrañado, con esa imponente melena alborotada alrededor de su cabezota.
-¿Qué diablos hacés vos aquí?- le preguntó el León.
-¿Yo? ¿Qué diablos hacés VOS aquí?- maulló la Gata entre dientes.
-Voy para Noryanú. ¿Vos?
-Yo también.
La Gata tragó grueso. ¿Cuáles eran las probabilidades de que se encontraran en el camino, con un mismo destino y el mismo día? Ella sabía que el León conocía Noryanú y que le gustaba el lugar, pero también sabía que casi nunca iba. ¡Ah destino más cabrón! La Gata tratando de alejarse de la tentación de la lucha y el León que se le aparece así de pronto. Estudió con rapidez el espacio entre ella y el recién llegado, analizando las posibilidades, el espacio y la altura a la que viajaban. No tenía campo de acción, sería difícil pero ni modo, había que sacar pecho. Sabía que no tenía escapatoria, que no había de otra, que tendría que enfrentarse a él de nuevo, ahí. Y se convenció todavía más cuando los ojos llenos de fuego del León hicieron juego perfecto con la sonrisa disimulada que enseñaba sus colmillos. Era su señal de guerra declarada. Le devolvió la mirada llena de odio y pasión y le soltó un gruñido que le salió del alma.
Se agarraron pues, en combate mortal, de nuevo. Por las limitaciones del lugar no fue una carnicería tan sangrienta como la que acostumbraban protagonizar nuestros dos personajes, más bien fue una batalla dócil, pausada, en la cual las dentelladas y los zarpazos marcaron la tónica de la acción. Ambos murieron; primero ella y luego él. Luego se retiraron a sus respectivas esquinas y continuaron el viaje como dos viejos desconocidos, lanzándose miradas furtivas de vez en cuando.
Quiero más!
¡Pues yo Sí fui a votar!
Porque es un derecho y, más que un derecho, un deber.
Porque es una fiesta popular, como lo acabo de constatar de primera mano al ver la cantidad y diversidad de gentes que me topé en los dos centros de votación que tuve que visitar.
Porque es la única fracción de nuestra democracia en la que todos (los que podemos votar) tenemos ingerencia directa y decisión propia; nadie puede votar por nosotros.
Porque abstenerse del voto no soluciona nada, más bien entorpece y crea más apatía.
Porque quienes sea que queden de presidente, ministros, diputados, etc, siempre, SIEMPRE nos vamos a quejar de su labor general, aunque hagan una o cien cosas buenas, siempre van a haber diez veces más cosas mal hechas que le vamos a reprochar a su Gobierno.
Porque si tengo que quejarme y hablar mierda de alguien, preferiría que sea por el “alguien” que yo elegí y si no, por lo menos poder renegar sabiendo que fui a votar y que no me quedé esperando que otros decidieran por mí; ahí si no tendría derecho a decir ni “pío”.
Porque alguien tiene que quedar capitaneando el barco: este no es un concurso que se pueda declarar desierto, aunque ninguno de los candidatos a la presidencia vaya a resolver los problemas que arrastra este nuestro país desde hace décadas; ninguno, ni siquiera Superman.
Quiero más!
Saturday, February 04, 2006
Brindemos
Par de Chivas con soda;
-bien cargados, por favor-
dosis repetitivas de Dixie Chicks;
-las más blues, vía intravenosa-
cabeza hacia atrás;
-sobre el respaldar de la silla-
ojos pegados al cielo raso;
-no sé que buscan-
garganta a todo volumen;
-karaoke solitario-
presta a sacar el violín
-ojalá tocara como Iván-
y soltar los mocos.
-¿alguien con un Kleenex?-
Hielos contra cristal;
-campanitas lujuriosas-
su olor me seduce
-¿cómo pude odiarlo antes?-
y me conquista.
-sí, así, más cerca, más-
¡Salud por Eros!
-sí, el puto amor-
¡Salud por el sexo!
-bendita necesidad-
¡Salud por ellos!
-aunque mal paguen-
Ni uno más. Este fue el último.
-se acabó el Chivas-
Olía a pura madera y sabía a perfume barato.
-sólo el asiento queda y el hielo...-
¡Salud!
Quiero más!
♂ y ♀'s dialogue, but it was never heard.
-What’s this?
-It’s a piece of paper with your name written on it. See? That’s your handwriting, right?
-Yes.
-Jorge, is it?
-At your service, but how did you get it?
-The waiter gave it to me. I asked him if he knew your name and then, after a while, he came and gave me this.
-So, why are you giving it back?
-Because I don’t want it anymore.
-How come?
-Well, I just don’t think you’re that nice now.
-Oh, I see. And may I ask why is that?
-It doesn’t really matter. But thank you for the good laugh I had back there.
-What do you mean “the good laugh”? A good laugh about what?
-About you, silly. You and the girl you were watching and then talking to, all night. The blonde one who left with another guy instead of you, remember her?
-Uhu…and what was so funny about that, again?
-Oh, just the whole thing: you watching her, she watching you, leading you on, you watching her again, openly flirting and then she just taking off with that other guy without even looking back at you. It was funny, believe me.
-I don’t get the joke.
-Well, that may be because you don’t see it the way I do. See, at first I thought she was really stupid, passing on you with your good looks. I gotta tell you it’s been quite a while since I last saw a man irradiate such virility just with his presence.
-Mmmm, thanks…
-Oh no, don’t thank me yet ‘cause I haven’t finished. I thought that at first but then it hit me that maybe she was really smart just to walk away from you. And since I don’t know you…
-Wait a minute, you not knowing me? What’s that got to do with anything?
-Oh, nothing, I’m talking about my thoughts. When I say that I don’t know you I mean to say that maybe she does know you, and that could mean that you are a dog.
-Pardon me?
-A dog, you know. A guy that goes out with a lot of different women, a player. We call them “dogs” here in Costa Rica. It’s either that or you are gay. But I discarded that last option because I saw the way you were looking at that girl. You wanted her. Pity she didn’t want you back, don’t you think?
-Are you finished now?
-Sure, I just wanted to give you back your name. Sorry to have kept you.
-Listen…Do you want to go for a ride in my scooter?
-Did you hear anything at all of what I said? Let me ask you something, how old are you?
-Forty one.
-Well, you look great for a forty-one year old guy, but you’re way to old for my taste. I like men my age or two or three years older. You are past eight years from that range.
-Really?
-Yes. Anyway, it was fun talking to you but I gotta go now.
-Wait! Before you go, is there anything nice that you could say about me now? Anything at all?
-Well, actually, there are two things: I like your voice, it’s very masculine and it matches your looks perfectly; and that tattoo on your right calf is sooo sexy.
-Are you sure you don’t wanna go for a ride?
-Bye, Jorge. Have a good night.
Quiero más!
Friday, February 03, 2006
Quiero dormir cansada
Déjame dormir en tu pecho;
que tu torso sea mi guarida.
Déjame quedar dormida
y que tu cuerpo sea mi lecho.
Déjame soñar en tus brazos
que ya nada más importa
y que la vida no es corta
y que no se escurre en pedazos.
Déjame hacer de tus hombros
de carne la más dulce almohada;
y soñar que no hace falta nada
para resurgir entre escombros.
Déjame clavar mis manos
de lleno en tu carne caliente,
sentir que tu piel no miente
y que mis celos son vanos.
Déjame gozar las suertes
de tu arrullo y de tu miel;
quiero dormir en tu piel;
por favor, no me despiertes.
Quiero más!
Thursday, February 02, 2006
Curiosidades de mi fin de semana
- Seis personas distintas nos preguntaron a mi amiga Vi y a mí que si éramos hermanas. Nunca, nunca nos había pasado eso, es que ni siquiera nos parecemos.
- Me enteré por uno de esos carteles descomunales que ponen a la orilla de las carreteras que uno de los candidatos para diputado por Guanacaste del PLN se llama Saturnino. La única vez anterior que había escuchado ese nombre fue en primer grado porque así se llamaba el patito de mi mejor amiga de la escuela.
- Estaba escribiendo unas frases sueltas para el blog cuando mi mamá me llamó al patio del lado donde tiene su granjita de hidroponía para enseñarme algo. Era un árbol de guanábana con siete frutas casi listas para cortar. Me quedé viendo hacia arriba con la boca abierta y seguro mami pensó que era de asombro por el montón de frutas que tenía, pero yo lo que me preguntaba era en qué momento habían transplantado ese árbol ahí. En la vida lo había visto y si se analiza que ya tenía frutos, me di cuenta de que tenía muchísimo tiempo de no ir al fondo del patio de mis papás.
- Mi comadre me preguntó que si al fin había terminado de escribir el libro que había empezado cuando estábamos en el colegio. Yo ni me acordaba y le tuve que decir que no.
- Buscando en la bodega de mis padres el susodicho libro interrumpido (que no encontré nunca) me tropecé con un diario que empecé a escribir el 1ero de enero de 1986, cuando entré al cole. Leyéndolo me reí mucho pues tenía muchas tonteras escritas pero me llamó la atención recordar que en esa época estaba infatuada con un chavalo de 5to año (yo estaba en primero apenas, o sea, ni chance), guapísimo que se llamaba Javier y me puse a pensar que no lo veía desde que salió del cole. Saliendo de Liberia, ya enrumbándome hacia la capital, vi que un pick up iba a salir a la carretera, entonces bajé la velocidad por aquello de que no me hubiera visto y se tirara, provocando un accidente de proporciones hecatómbicas y el posterior tristísimo deceso de la que les escribe. Al pasar despacio pude ver bien al conductor. Era Javier.
- Buscando ostras, como siempre, encontré al muchacho que siempre bucea en Playa Hermosa y le compré todas las ostras y todo el cambute que sacó esa mañana. Mientras él abría y sacaba los moluscos para picarlos y echarlos en mi vaso, empecé a jugar con los camaroncitos que salían de las ostras, para divertir a Vero y a su amiga Valerie. Entonces se me ocurrió comerme uno (todavía estaban vivos) y las dos niñas se quedaron viéndome con ojos súper abiertos, sin decir palabra pero formando con los labios, de forma muy visible, las palabras “QUE ASCO”, mientras yo me reía a carcajadas, después de escupir la caparazón. Un rato más tarde convencí a Verónica (a Valerie fue imposible) de que se comiera uno y lo hizo. Dijo que sabía rico.
Quiero más!
Wednesday, February 01, 2006
Las crónicas de la Gata y el León: Flashback del Jaguar Mañoso II
No pasó mucho tiempo para que se enfrentaran en mortal batalla por primera vez. El Jaguar Mañoso estaba invadiendo su territorio y tendría que pagar por ese atrevimiento. Resultó tan buen contrincante que la Gata se olvidó, durante varias lunas, de su gusto por la variedad en sus cacerías y se dedicó a enfrentarse sólo a él. Sabía que con él podría pulir sus técnicas de ataque, así como recibir a la muerte con honor y gloria como nunca en todas sus vidas. Nunca tuvo que hacerse la muerta con el Jaguar para dar por terminada la pelea. Se terminaba cuando se terminaba. Hubo ocasiones en las que él la mató con una mirada o de un solo mordisco. Parecía que su habilidad no tenía límites. Pero era demasiado perfecto para ser real.
Un día, se toparon en el medio de la selva y la Gata lo invitó a pelear. El Jaguar no contestó y se fue como si no la hubiera oído. La Gata se quedó viéndolo alejarse, entre desconcertada y molesta, pero no maulló ni “pío”. Guardó silencio, se tragó su rabia y esperó con paciencia verlo aparecer de nuevo.
Reapareció como si nada, parecía que ni siquiera recordaba el desplante que le había hecho días atrás. La Gata se hizo de la vista gorda y continuó sus enfrentamientos con el Jaguar Mañoso, porque se sentía emparejada con un contrincante digno.
Luego pasó de nuevo. Era inexplicable. O el Jaguar perdía contacto con la realidad en lapsos muy frecuentes o era en verdad un felino muy extraño, porque el próximo episodio de su indiferencia estuvo acompañado de un desprecio muy marcado por la hembra que tenía al frente. Igual que la vez anterior, la Gata Vaquera calló, tratando de analizar la situación; pero en esta ocasión el Jaguar desapareció para no volver.
La Gata rondó la selva entera por varios días, sin encontrar rastros de su antiguo adversario. Después dejó salir todas las cóleras que se había tragado y la emprendió a zarpazos contra el tronco de un pochote, despedazándose las garras y sangrando profusamente por más de una semana; quedándose sin cazar por un buen tiempo. A partir de entonces se había vuelto muy irascible. Luego le dio por maullarle a la luna aún cuando ésta no estuviera presente en el manto estelar. Por último y como medida extrema, tuvo que recurrir al Consejo de Viejas Panteras para que le ayudaran con el vacío que la desaparición del mañoso jaguar había dejado en sus hábitos de guerra. Le recetaron brebajes de “No-me-olvides”, flores color carmesí que, contrario a lo que dice su nombre, sirven para borrar de la memoria recuerdos ingratos, producto de grandes decepciones, que podrían llegar a modificar las conductas futuras de una felina ante el arte de la cacería. Esto era primordial evitarlo pues gata que no caza es gata muerta. Aún así, con todo y la matráfula con la que salieron las Viejas Panteras para el olvido, la Gata no confiaba en sus instintos de cazadora que siempre habían sido más fuertes que su raciocinio y le pidió a sus espías que vivían en las partes limítrofes de la selva que le comunicaran de inmediato acerca de cualquier avistamiento del Jaguar Mañoso (cazador desaparecido, no muerto) para abandonar ella ipso facto la zona de peligro; para poner pies en polvorosa. Better safe than sorry, they say. Esperaba no verlo más, pero no se engañaba a sí misma utilizando la palabra nunca, porque el mundo felino era pequeño, y la selva de Parkezur aún más.
Después del maldito Jaguar, el León Escurridizo era el mejor oponente que había encontrado. Sus mañas, tácticas, movimientos, ataques y hasta sus personalidades eran similares, con la gran diferencia de que hasta ahora, el León nunca había despegado las patas del suelo selvático. Exceptuando, claro está, las veces en que soñaba despierto que tenía a la Gata Vaquera dominada bajo su garra.
Quiero más!


