-Me dieron esto afuera.
-¿Cinco mil por mes? Está barato. Metámonos ahí.
-¡Uy no! El tipo que estaba entregando los volantes es aquel polo que trabajaba en el gym. Ni aunque cobraran dos mil pesos por mes, mucho menos si ese tipo es instructor, que es lo más seguro puesto que estaba repartiendo los papelillos.
-¿Ustedes cuánto tienen de ir al gimnasio?
-Yo casi dos años.
-Yo un año y dos meses.
-¿Van juntas?
-La mayoría de las veces. ¿Y usted? ¿Por qué no se mete a uno?
-Ya estuve yendo un tiempo a uno en Tibás, pero había mucho playo.
-¿En serio?
-Sí. Había un mae que vieras qué majadero.
-¿Cómo? ¿Te acosaba?
-Se me quedaba viendo mucho.
-¿Y estaba guapo, por lo menos? Ja, ja, ja…
-Es en serio.
-Perdón. Pero, ¿qué? ¿Le dijo algo alguna vez?
-Un día me estaba duchando…
-¿Y se le cayó el jabón? Ja, ja, ja…
-Ja, ja, ja…
-¡Ya no les cuento nada!
-No, no. Perdón, siga. Ya no nos reímos.
-Yo estaba de espaldas…
-Y de espaldas, ¡para peores!, ja, ja… Sorry, siga.
-… y cuando oí que alguien me habló, me volteé para ver al tipo ese sentado en una banca en frente a la ducha donde yo estaba, viéndome. Y me empezó a hablar.
-Y ¿qué le dijo?
-Ni sé, yo la verdad no le estaba poniendo atención porque me puse muy incómodo y le contestaba con “sí” o “no”. No sabía cuánto tiempo llevaba el mae ahí viéndome, así que me apuré para irme lo más pronto posible. En eso me dijo “¡qué bien que está usted!
-¡No! Y usted, ¿qué le contestó?
-Nada, me envolví en el paño y me empecé a vestir a la carrera, y el mae se quedó ahí sentado, hablando. Y habló, y habló, mientras yo me vestía. Cuando lo siento que se acerca y me dice “oiga, ¿usted me dejaría mamársela?”.
-¡Nooooooooo! ¡Qué asco! Y usted ¿qué hizo?
-No volví nunca más.
-¿Cómo? ¿Así no más? ¿No le pegó? Yo, siendo hombre, me lo hubiera acomodado…
-Vieras que me asusté. Lo único que oía era “pum-pum, pum-pum, pum-pum”. El corazón se me quería salir y no me pude mover. Debí pegarle, ¿verdad?
-Pues sí.
-Suave, suave. Devolvamos el cassette un toque, ¿cómo que le comió gallina? ¿Qué? ¿Era mucho más grande que usted, o qué?
-Pues no más grande, pero sí más cajudo.
-O sea que ¿no le pegó porque se asustó tanto que se paralizó?
-Diay, me da pena decirlo, pero sí.
-¿Y no lo acusó ni nada?
-No, yo salí huyendo de ahí, iba tragándome el corazón. ¿Por qué me ve así?
-Por nada, sólo estaba pensando que es bueno saber que los hombres también se asustan en esas situaciones… Digo, porque yo creía que eso nos pasaba a nosotras, y a los niños por supuesto, en una situación de abuso inminente.
-Pero yo le quiero preguntar: ¿Y si hubiera sido una mujer la que le hubiera dicho todo eso?
¿Qué creen ustedes que contestó?
Quiero más!