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Sunday, June 08, 2008

El club de los pistoleros honorarios







La curiosidad por saber cómo sería disparar una pistola me venía dando vueltas en la cabeza desde hacía bastante tiempo. Hace mas o menos un año y medio, conversando con Isaac le conté que me gustaría llevar un curso de manejo de armas o algo parecido para aprender a disparar. Y como para poner estas locuras en marcha usualmente sólo se necesita de una persona más que le dé pelota a una, dijimos que lo íbamos a hacer. Hablamos con Erick (cuyo negocio es precisamente la seguridad privada y capacitaciones en ese campo) para ver si nos organizaba el asunto pero nunca nos dio pelota, ni a mí ni a Isaac. Entonces, se nos olvidó por un rato.
Hace como dos meses Isaac le entró en serio a la idea y se puso por fin a organizar el curso. Se necesitaban al menos 5 personas para armar el grupo y como yo era la principal interesada pues me tocó que empezar a reclutar.
Mandé el e-mail con la invitación, sin exagerar, a todos mis contactos de gmail. Como me lo había imaginado, ninguna mujer contestó afirmativamente y, para mi sorpresa, la respuesta masculina no fue lo avasalladoramente exitosa que hubiera esperado. De hecho sólo 7 chicos me dijeron sí con entusiasmo. Pero bueno, 7 más yo y tomando en cuenta que siempre alguno se quita a la hora de la hora, era más que suficiente.

A partir de la primera confirmación lo que quedaba era la cuenta regresiva, que al final se extendió una semana porque Julio (uno de los que de ahora en adelante y sólo para efectos de este relato se denominarán pistoleros honorarios) se retrasó en su regreso al país y me exigió que lo esperáramos.
Las fechas quedaron fijadas: jueves 5 de junio para la parte teórica y para el viernes 6 la ansiada práctica en el polígono de tiro en Pavas. Para entonces ya teníamos la lista definitiva de asistentes, en orden aleatorio para que nadie se resienta: Fabián, Chico, Adolfo, Julio, yo y por supuesto, Isaac.
Jueves en Soluciones Empresariales
La clase empezaba a las 7pm. Julio, Fabián y yo estuvimos en el lugar faltando 20 minutos para la hora. Pronto llegó la llamada de Adolfo que estaba perdido y parqueado a 75m de donde estábamos. Luego llamó Chico que estaba en las mismas que Adolfo pero segundos después ya estábamos todos ahí. Todos menos el anfitrión.
Llegó Isaac, prendió las luces de una oficina bastante bonita y cómoda en cuya entrada dos sillones de color rojo vibrante atrapaban la vista y el cuerpo por las ganas de sentarse en ellos. Al fondo, un pequeño patio de luz con una tabla en forma de repisa ancha y un par de bancos de plástico rojo en forma de F alrevés simulaban claramente un bar, aunque Fabián jugando de bueno dijera que era el comedor, que qué mente de alcohólica la mía.
Minutos después llegó el instructor. Nos lanzó una breve mirada mientras entró, dijo buenas noches y pasó directo a la sala de reuniones a instalar el proyector. Era un tipo blanco, alto y delgado pero no demasiado, con unos bellos y expresivos ojos rasgados, dientes perfectos que enseñaba en hermosas pero escasas sonrisas, sumamente guapo y el triple de serio, como pudimos comprobar después. Su nombre: Allan Guillén quien resultó ser el hermano menor de Erick, el mismo que nos ignoró en nuestros reiterados intentos por ir a volar balazos.
“Oh-oh”, pensé cuando detecté su seriedad, “no nos va a aguantar”. Conocía demasiado bien al grupo y ser serios no es una de nuestras virtudes principales, en especial mía o de Fabián. Bueno, en realidad de ninguno, prueba de ello fue que en la dinámica de presentación Adolfo dijo:
-Yo me llamaba Adolfo pero a partir de esta noche me llamaré Pancho Villa.
Es imposible contener la risa ante tal declaración.
Empezó la charla. Allan nos guió en un recorrido por la historia de las armas en general para entrar luego en los específicos de las armas de fuego, su evolución, las condiciones actuales y las consecuencias y responsabilidades que implica la posesión o el manejo de una. Surgieron mil preguntas y dos mil interrupciones que nos hacían rajarnos de la risa, cosa que a claras vistas no le hacía mucha gracia a nuestro instructor.
Yo no sé porqué yo seguía pensando, “pobrecito” a pesar de que con una sola mirada era capaz de poner al grupo en su lugar y continuar su charla como si tal cosa. Al final supongo que decidió echarle garra a aquel dicho famoso de “si no puedes vencerlos, úneteles” porque acabó riéndose de las tonteras que decíamos las cuales, valga la aclaración, el 99% de las veces sí dan mucha risa. De hecho yo estaba impresionada porque hay que ser una persona muy, pero muy seria para aguantarse la risa ante la selección mayor de charlatanes que don Allan tenía en frente esa noche. Lo sé porque yo era la seleccionadora.
En un determinado momento salió en la pantalla una diapositiva con una pregunta: ¿Tengo que andar armado? Julio respondió de inmediato que sí. Allan dijo un no muy enérgico y a continuación nos fundamentó con puntos muy válidos su negativa. Andar armado no es ninguna ganga, mucho menos si no se es conciente de lo que significa portar un arma y todavía muchísimo menos si no se sabe utilizar. Nunca se debe desenfundar un arma si no se tiene la seguridad de que se va a disparar y andarla le confiere a la persona el poder de coquetear con la muerte de una manera casi instantánea. En este momento se apoderó de mí un miedo terrible, tanto que pensé en desistir de ir al polígono al día siguiente y dejarlo hasta ahí. Volví a ver a Isaac y lo vi un poco pálido también.
Seguimos hablando, preguntando e interrumpiendo. Allan trajo a colación la película “300” y las imágenes de Leonidas y sus soldados embarrados de aceite me endulzaron la cabeza por lo que el miedo me fue abandonando para dar paso a una disimulada sonrisa.
Al final de la noche el profe nos regaló una golosina: llevó armas de diferentes tipos y marcas (descargadas, por supuesto) y nos dejó manipularlas a la vez que nos enseñó las poses más cómodas para disparar. En ese momento, la que más me gustó fue el revólver, supongo que por una cuestión romántica que me recordaba los clásicos del viejo oeste; además de que me sentía amenazada por la pistola y su carga semiautomática. Sospechaba que iba a estar lo suficientemente asustada en el polígono como para encima tener que preocuparme porque la bala quedara en boca justo después de que disparara una vez.
Un conjunto de palabras que tuvieron un énfasis especial en la boca de nuestro profe esa noche pero que en mi cabecita no calaron muy profundo que digamos fueron: EL DEDO SIEMPRE DEBE ESTAR FUERA DEL DISPARADOR, SOLO SE METE CUANDO SE VA A DISPARAR.
Allan sobrevivió la conferencia y las preguntas, por más descabelladas o salidas del tema que fueran y nosotros sobrevivimos sin ser expulsados prematuramente de la capacitación aunque recibimos la bien merecida pre-amonestación de que una vez en el campo de tiro la cosa iba en serio porque íbamos a tener en nuestras manos armas de verdad y cargadas. Cualquier payasada o gracia obtendría como premio la expulsión inmediata del polígono sin posibilidad de negociación.
-Ahí adentro las vidas de ustedes están en mis manos, bajo mi responsabilidad y no voy a tolerar juegos ni bromas. Es en serio.
Esto nos los repitió por lo menos 6 veces. No podía ser más claro.
Viernes en el Polígono de tiro en Pavas
Fabián y Vivi pasaron por mí a las 5:10pm. Mi amiga iba de escolta para las birras después de la graduación del Club de los Pistoleros Honorarios. Llovía mucho y la congestión del tráfico le hacía competencia en intensidad a la lluvia. Teníamos que pasar por Julio a su casa en Hatillo y cuando llegamos pensamos que ya no iba pues tres pitazos no lo hicieron salir. Cuando por fin salió le costó decidirse a entrar al carro porque Fabián le dijo que después de los balazos seguían las birras en El rincón de mi tata y como se puso una camiseta que según él no era apta para las birras pero sí para los tiros, nos costó convencerlo de que se veía guapo así y que no atrasara más.
De Hatillo a Pavas se llega en un brinco, aún así tardamos media hora en llegar. Eran las 6 y media cuando alcanzamos la calle de la embajada americana.
Recapitulamos acerca de las direcciones que nos había dado Allan: “antes de llegar a la embajada doblan a la izquierda, pasan la línea del tren, llegan a la Jack’s y toman hacia la derecha y después a la izquierda, de ahí siguen directo”; pero no nos acordábamos cuánto más teníamos que seguir directo. Llegamos a lo que parecía el final del camino y parqueamos en un local a la derecha donde Fabián preguntó por el polígono de tiro. Yo me burlé porque me pareció una redundancia lo que dijo pero después le tuve que pedir disculpas porque resulta que polígonos hay varios, no solo de tiro.
Seguía lloviendo y Allan no había llegado. Teníamos advertido que en el campo de tiro una hora es una hora y como nuestro turno era de 7 a 8, habíamos convenido en llegar con antelación para entrar en punto.
En el mostrador había un letrero que rezaba "Este viernes 6 de junio el polígono se cierra a las 7pm". Yo llegué, lo leí y me alarmé. "A nada vinimos”, pensé, "esta cosa la cierran justo a la hora que nosotros empezábamos..."
-¿Cómo que cierran a las 7?- pregunté.
-Sí- me dijo un tipo con facciones finas, vestido de negro- es que viene un grupo a tirar y cerramos el polígono solo para ellos.
-¡Ay no! ¿y ahora?- reclamé.
-Viene un grupo de Allan Guillén- me dijo, excusándose.
-Ahhhh, ok, esos somos nosotros- dije aliviada. En realidad no sé si aliviada, porque a ratos me volvía el miedo y me estaba arrepintiendo de entrar al polígono.
En eso llegó Allan con Mario. Nos saludó a todos, de larguito. Yo fui al baño a arreglarme la crin antes de que se me parara con los disparos propios y los de los demás. Me vi la cara y definitivamente no era la cara de una pistolera, más bien la de una loca curiosa y cero peligrosa.
Allan entró al polígono, supongo que a preparar las armas y colocarlas fuera del alcance de los niños que esperábamos afuera. Antes de que se cerrara la puerta alcancé a preguntarle que si ya podíamos entrar (a mí ya hasta me habían dado ganas de orinar del susto) pero me contestó que no. Al ratito salió y nos dio la bendición para entrar diciéndonos que recogiéramos unos anteojos y unas orejeras para cada uno. Yo, además de este equipo reglamentario, venía cargando mi iPod con el fin de que algo me sirviera de amortiguador y relajador para el stress o el rush que venía en camino. Arcade Fire empezó su concierto al cruzar la puerta.
Una vez adentro, cada quien escogió cubículo. Quedamos en este orden: Adolfo, Chico, Flo, Isaac, Fabián y Julio. Yo estuve a punto de decirle a todos que no esperaran nada de mí, que si conseguía pegar una bala en la diana iba a ser un logro olímpico porque mi puntería desde siempre ha sido pésima. Sin embargo me abstuve de hacer declaraciones. Supuse que igual no esperarían mucho de una mujer y menos de una primeriza.
Allan nos dio un arma a cada uno. Primero me dio una pistola. Cuando sentí lo que pesaba maldije a los actores de las películas de acción que nos agarran de majes luciéndose con pistolas de plástico barato y disparan a diestra y siniestra como si estas fueran una pluma. Esa cosa había que agarrarla con las dos manos, no había de otra. Y olvidarse de hacer maromas o piruetas, de eso nada.
Dos balas se materializaron en la mesa de mi cubículo y escuché la orden de meterlas en el cargador. Los dedos me temblaban y por un momento pensé que las manos no me iban a responder las muy cabronas, pero sí, y con un poco de lucha mental por controlar la motora fina lo logré. A la orden de “carguen” el aire se condensó un poco y me apretó el pecho pero un instinto que no conocía me hizo meter bien el cargador. Ya con la pistola cargada y alimentada decidí apuntar hacia la diana para esperar la orden de “fuego”. Allan pasó por detrás de mí y dijo:
-¡Dedo fuera del disparador!
Lo saqué ipso facto.
-A la orden, cuando listos, fuego- dijo despacio.
La orden llegó mucho más suave de lo que esperé. Reitero, maldito Hollywood y su publicidad engañosa porque yo esperaba un grito.
Disparé. Se me olvidó que la pistola es semiautomática y volvía a alimentarla y ¡oh maravillosa sorpresa! se me encasquilló. Juro por Alá que cuando vi eso sentí como que tenía en las manos una granada a punto de explotar y el susto debió reflejárseme mucho en la cara porque lo primero que me dijo Allan fue:
-Tranquila, no pasa nada, acuérdese que la pistola solo se alimenta la primera vez- y me la quitó, para mi infinito alivio.
Me quedé sin disparar la segunda bala de la primera ronda pero la que disparé quedó en la zona del 9. Suerte de principiante, pensé.
La patada no es gran cosa cuando se sabe que hay que esperarla, a lo que no me acostumbré fue al golpe del balazo en el oído. Cada vez que alguien disparaba, yo pegaba un brinco y soltaba un madrazo mental.
Los dos siguientes rounds nos dobló la ración de balas y nos cambió el arma. Esta vez me tocó un revólver. Los cuatro tiros me quedaron como hermanitos que van a la escuela juntos: muy cerquita uno del otro. Hasta me gané un “excelente” a la par de los “muy bueno” que obtuvieron Isaac y Fabián y el “deficiente” silencioso de Julio.
Paréntesis: pobre Julio, tan ilusionado que estaba con ser pistolero estrella, but he sucks and he knows it. Si hasta le hicimos un lema en señas pero tenemos fe de que practicando lo logrará algún día.
Cambio de arma otra vez; volví a la pistola. A la orden de carguen y alimenten me coloqué en la “posición glamorosa de disparo” que es con un pie adelante del otro y el cuerpo buscando balance. La otra pose se parece más a la del que va a cagar al monte por lo tanto, de mi parte, quedó descartada. Suficiente tenía con la cara de loca y el pelo parado del susto como para verme peor.
Alguien, por no decir Julio, cargó la pistola antes de que Allan diera la orden y se llevó su regañada. Mario me dijo en secreto:
-En entrenamiento eso habrían sido 50 push-ups…
Se salvó Julito que no estábamos en entrenamiento porque tampoco creo que lo hubiera logrado. Menos con lo desmoralizado que se le veía por haberse apeado como siete floreros y cuatro ventanas (según le dijo el sensei) con las balas que tiró afuera de la diana.
Por otro lado, no todo eran flores y mariposas por mi lado del polígono. “Dedo fuera del disparador” era la frase favorita del señor Guillén cada vez que pasaba detrás de mí y mi dedo salía inmediatamente de la zona del gatillo. Si me dijo eso 20 veces en toda la noche fue poco. Las últimas veces creo que me lo ladró pero bien puede haber sido que su voz me llegara distorsionada por culpa de los Cranberries.
Después de los primeros cuatro balazos seguidos, Allan nos dio una hoja bond blanca para pegar en la diana, con la instrucción de poner las cuatro balas en la hoja. La pistola se me encasquilló de nuevo pero esta vez aún antes de disparar. Mario vino en mi auxilio y cuando el profe me hizo ojitos de regaño (no de regalo, aunque bien podía), Mario le dijo que era que la pistola estaba dura. Se va a ganar el cielo ese Mario por socorrer a una damisela armada en desgracia.
Cuando a los chicos de Arcade Fire se les acabaron las municiones en mi iPod, entraron en escena Dolores O’Riordan y sus Cranberries. Y no es que quiera justificar a los soldados estadounidenses que oían rock pesado cuando salían a pelear pero en realidad la música estaba llenando mis expectativas con creces. Por lo menos no me arranqué los dedos a mordiscos.
Para la siguiente ronda ya nos tocaron 6 balas y cambiamos de blanco. La imagen de un tipo con pasamontañas remplazó a la diana anterior y la idea era herirlo por lo menos para inmovilizarlo. Teníamos que dispararle a la botella que es la zona del tórax y la cabeza.
Le metí las primeras seis balas en el esternón y las segundas seis (que disparé con una Uzi) también.
-Qué miedo con usted…- dijo Allan cuando vio mi trabajo.
No sé si lo interpreté correctamente pero me sentí halagada y con esa traducción me quedaré.
Nos pasamos media hora del tiempo que teníamos para estar adentro pero es que ninguno quería soltar la pistola. Yo me sentí como si hubiera aguantado la respiración todo el rato y hubiera vuelto a jalar aire cuando salí. Por unanimidad decidimos pedirle al “sensei” que nos organizara un viaje al polígono de Cartago, para practicar más, un sábado de estos.
Al final, antes de despedirnos y salir cada quien por su lado con el olor a pólvora pegado con pequeños círculos negros por dentro y con el peso fantasma de la pistola todavía en los dedos, no me aguanté, no me dio la gana de morderme la lengua y le dije a Allan:
-Oiga, usted sí andaba gruñón hoy.
-Yo siempre ando gruñón en el polígono.
Hombre de pocas palabras, señor Guillén, muchas gracias por la transferencia de conocimientos. Esperamos verlo pronto otra vez, pistolas en mano. Salud.

Quiero más!

Tuesday, February 12, 2008

El pan (y el miedo) nuestro de cada día

Ayer fui a dejar a mi mamá a la parada de buses de Liberia, en Barrio México. De regreso, solo mi hija y yo veníamos dentro del carro. En la esquina del antiguo cine Líbano, el semáforo se puso en rojo antes de que lograra pasar. Me detuve y mientras esperaba el verde hice una llamada rápida por celular.
Yo estaba hablando cuando una sombra se posó en mi ventana. Sin soltar el teléfono, vi a un hombre de unos 30 años, con los brazos musculosos y llenos de tatuajes, el pelo largo y desordenado, y un puñado de lápices en la mano izquierda. Dentro de mí, de inmediato, se encendieron todas las luces de alerta.

Sin embargo, en casos así es mejor tratar de mantener la calma y no demostrar miedo por lo que seguí hablando esperando que el tipo se diera por vencido y se alejara. No lo hizo. En vez de eso se acercó más al vidrio cerrado.
Me puse más nerviosa, corté la llamada y metí el celular en el bolso. El tipo me empezó a decir que le comprara un lápiz. Ante mi leve negativa con la cabeza siguió:
-Muchacha, yo sé que a usted no le interesa mi historia pero vea, yo acabo de salir de la Reforma y nadie me da trabajo porque tengo mi hoja de delincuencia manchada y estos lápices son lo único que tengo para poder comer.
En ese momento se desdoblaron una infinidad de posibilidades en mi cabeza. Primero me conmovió pensar que estuviera diciendo la verdad y tuve la intención de bajar el vidrio y darle unas monedas, pero ¿qué me garantizaba que si lo hacía no me iba a golpear para robarme el bolso o aún peor, sacar un arma y encañonarme para bajarme del carro? Era un chance que no me podía jugar. Con mi hija sentada y con el cinturón bien puesto en el asiento trasero, dudo mucho que hubiera tenido la cortesía de dejarme soltarla para llevarse sólo el carro y que yo no quedara como una loca dando gritos en la calle.
Por otro lado, yo seguía negando con la cabeza a cualquier cosa que el tipo decía, ya sin ponerle atención porque el miedo crecía rápidamente. Entonces pensé: ¿y si me rompe la ventana?
El semáforo estaba en rojo eterno por lo que yo calculaba la vía más rápida de escape, pero era inútil porque los carros no dejaban de pasar y de haber virado hacia la derecha en rojo, un carro me habría golpeado de frente.
El tipo seguía hablando pero para entonces los latidos del corazón no me dejaban escucharlo. Pasó el último carro y me brinqué el rojo. Diez cuadras más adelante el cuerpo todavía me temblaba con violencia del susto.
Ya cuando había “respirado hasta diez y contado profundo”, como dice una amiga, me puse a pensar en la situación. No pasó nada pero ¿si hubiera pasado? Para nadie es un secreto que los asaltos a carros en las esquinas de los semáforos son hechos comunes en varias intersecciones de San José, como la La República, la de los Hatillos y otras en la circunvalación.
¿Qué es lo que está pasando en nuestro país que la inseguridad ciudadana crece a pasos de gigante? ¿Es nuestro sistema de leyes el que necesita revisar las penas y castigos a los delincuentes para mejorar la situación? ¿O es el sistema penitenciario el que no funciona al no educar ni reformar al infractor de las leyes?
Las leyes costarricenses, hoy por hoy, permiten que delitos como robos de cuantías menores a los ¢250 mil queden impunes por no establecer penas que pongan un alto a esta situación; mucho menos dar un ejemplo que disuada a otros en su intento de cometer un delito.
¿Cuántos policías más necesitamos en nuestras calles para sentirnos seguros? ¿Será esa la solución? Porque ahora parecemos caminar por una tierra de nadie donde el delincuente comete sus fechorías, casi ante las narices de la autoridad y nadie hace nada por evitarlo.
Una sociedad donde la delincuencia y la impunidad son el pan de cada día es una sociedad enferma. ¿Cuánto tiempo más tenemos que tomarle el pulso a la nuestra para decidir que hay que actuar? Esperemos que no mucho y que entonces no sea demasiado tarde.

Quiero más!

Saturday, February 02, 2008

De llantos, amores imposibles y otras cucarachas nocturnas

Cualquiera creería que con los ojos bien cerrados -incluso apuñados los párpados con fuerza- es imposible llorar pero las lágrimas son hábiles y necias y se escurren por el mínimo espacio. Asesinas del orgullo, de la rabia, de lo obvio y lo invisible, del silencio que merece la noche, se escapan y todo lo inundan, inevitables como la oscuridad.
Cerrar los ojos para evitar el llanto es construir represas con destino al fracaso porque siempre hay una fractura por donde la tristeza se cuela y acaba rompiendo todo.

Quiero más!

Friday, December 28, 2007

Obituario

“Gracias Flo hasta hoy tengo tiempo de revisar el correo pero bueno las buenas intenciones son lo que cuentan y usted sabe que lo mismo pienso de tu amistad y compañía y que este nuevo año nos depare muchos éxitos en todos los niveles de nuestra vida y nos vemos el otro año si dios quiere”. Este es el correo que me mandó Roberto ayer, a las 4:14pm.
Hoy, 28 de diciembre, un mensaje de texto a mi celular me decía que Roberto Zapata se había muerto y que no era broma. No quise creer. A pesar de la advertencia pensé que se trataba de una jugarreta de humor muy negro por parte de un amigo hoy, el famoso día de los inocentes. Pero era verdad.
Este miércoles pasado tuve en la casa a toda mi gente de la oficina, quienes más que compañeros de trabajo son amigos queridos, son familia. En cuenta estaba el gordo, Ro-Ro, quien desde temprano se estaba saboreando el arroz con pollo y la pierna de cerdo que le había prometido para la noche. “Ya sabe, a mí me alista porción doble”, me dijo desde la mañana. No tenía que recordármelo, lo conocía bastante bien y tenía presente que quería que se fuera con la pancita llena pues, como todo buen gordito, era muy comelón. Esa noche mi objetivo era compartir con ellos y con otros amigos que siempre han estado a nuestro lado, para demostrarles un poquito y de una manera sencilla que los quiero mucho y que siempre los llevo en mi corazón.
Pues ahora me toca que llevarlo a él sólo ahí, muy dentro de mi alma porque el gordo ya no estará más. Murió hoy en horas de la madrugada en un accidente de tránsito en el que un conductor borracho se cruzó de carril y él, mi Ro-Ro, iba manejando.
Me duele pensar que sufrió pero quiero creer que no, que todo fue rápido, que el gordo está ahora mejor que todos los que ahorita lo estamos llorando con todo el dolor que la partida de un amigo puede provocar.
Por otro lado, me consuela saber que lo quise mucho, que siempre nos llevamos demasiado bien a pesar de sus chichas constantes y de mi locura incurable. Me consuela saber que él supo que ocupaba un lugar de especial afecto en mi vida, que en realidad sintió mi cariño y que las largas conversaciones que tuvimos fueron prueba de ello.
No voy a poder despedirme de Ro-Ro físicamente, pero el abrazo que nos dimos el miércoles cuando se fue de mi casa era un resumen de amistad, afecto, compañerismo y despedida concentrados en un gesto. Ese abrazo se queda conmigo, lo mismo que tu recuerdo, mi querido Roberto.
Y esta fue mi respuesta al e-mail de Ro-Ro:
“Mi gordo, mi gordito. Yo sé que no vas a leer esto pero quiero que sepas que estoy muy, pero muy triste porque ya no nos vamos a ver más.
Sin embargo, donde quiera que estés, tengo la inmensa fe de que estás bien, tranquilo, feliz y en paz.
Tenés que saber que dejás un vacío inmenso, una tristeza que parece que no se acaba pero al mismo tiempo dejás recuerdos imborrables y tu amistad es algo que llevaré conmigo hasta que me toque llegar allá donde vos estás ahorita.
Te quiero mucho, mucho, mucho.

Flo”

Quiero más!

Sunday, November 11, 2007

Y si no, qué?

Estamos jugando. Yo digo el nombre de un animal y ella hace el sonido. Hace trampa y me pide en un susurro, como si alguien nos pudiera escuchar, que diga "ave". Digo "ave" y empieza a silbar. "Viste, ya sé silbar", me dice. Yo le digo que sí, que ahora tiene que aprender a chiflar. Me reprueba con un gesto de esos inmensos ojos cafés y me dice que no, que es malo que las mujeres chiflen. Me salgo del pelo del asombro y le pregunto porqué. Me contesta que porque Tita (mi madre) y Judi (la nana) le dijeron que la Virgen nunca chifló. Me da un incontrolable mal de risa, incontrolable de verdad pese a las protestas airadas de que no me ría de ella. "Si no es de vos" le juro, "es de las otras dos y de la respuesta más chistosa que he escuchado en la vida". Como si alguien de verdad supiera si la Virgen nunca chifló.

Quiero más!

Wednesday, November 07, 2007

Consideraciones tras el desvelo

Las noches se van como un soplo. Tardan más los ojos en cerrarse que la gallina en cacarear, justo detrás de la oreja, anunciando al día en medio de un hielo que no conoce la decencia. Otra vez hace frío, tanto frío que las cobijas pierden la perspectiva del grosor mínimo necesario, sin ofrecer razones que las puedan eximir de culpa. Cuando digo que quisiera salir corriendo hacia el norte, lo digo en serio; puede ser que corriendo me caliente, aunque dicen que al sol de aquellas tierras bajas también le ha dado por esconderse. La hipotermia gana terreno, se perfila cada vez más como una posible causa de muerte. El frío, sujeto recurrente en mis oraciones, me punza el oído izquierdo desde adentro, como si quisiera salirse de mi cabeza de una vez por todas. Observo la cara en el espejo. Hoy me veo casi china a pesar de que la blusa roja quedó tirada en el piso de arriba. O sea, hoy soy casi bonita aún con el volcán que surge en el centro de mi mejilla. Los agujeros negros son historia desde que se inventó el corrector y mirarse fijamente en el espejo, a deshoras de la mañana, ayuda a espantar las sobras del sueño que en realidad hizo falta. Me miro convencida de que anoche, si hubiera empezado a trabajar cuando debía, si hubiera evitado mis ritos masoquistas frente a la pantalla, habría resumido el contrato de Rousseau dos veces seguidas.
Un alienígena sigue punzándome el oído desde adentro y yo sigo postergando la cita con el otorrino, por no decir “psiquiatra”.

Quiero más!

Tuesday, November 06, 2007

Volviendo...

Después de un período intensamente cargado de ausencias, tragedias, luchas de poder, asesinatos, suicidios, genocidios, locura, revoluciones, exámenes, peladas de rabo, sudadas de gota gorda, decapitaciones, cumpleaños y demás menesteres de la vida que estoy llevando por los momentos (fuiu... se me acabó el aire), estoy de regreso y espero que talvés con un poquito más de tiempo para escribir algo por acá con mayor frecuencia. Por ahora, me retiro, pero era para contarles que no me he muerto. Todavía.

Quiero más!