El club de los pistoleros honorarios



Hace como dos meses Isaac le entró en serio a la idea y se puso por fin a organizar el curso. Se necesitaban al menos 5 personas para armar el grupo y como yo era la principal interesada pues me tocó que empezar a reclutar.
Mandé el e-mail con la invitación, sin exagerar, a todos mis contactos de gmail. Como me lo había imaginado, ninguna mujer contestó afirmativamente y, para mi sorpresa, la respuesta masculina no fue lo avasalladoramente exitosa que hubiera esperado. De hecho sólo 7 chicos me dijeron sí con entusiasmo. Pero bueno, 7 más yo y tomando en cuenta que siempre alguno se quita a la hora de la hora, era más que suficiente.
A partir de la primera confirmación lo que quedaba era la cuenta regresiva, que al final se extendió una semana porque Julio (uno de los que de ahora en adelante y sólo para efectos de este relato se denominarán pistoleros honorarios) se retrasó en su regreso al país y me exigió que lo esperáramos.
Las fechas quedaron fijadas: jueves 5 de junio para la parte teórica y para el viernes 6 la ansiada práctica en el polígono de tiro en Pavas. Para entonces ya teníamos la lista definitiva de asistentes, en orden aleatorio para que nadie se resienta: Fabián, Chico, Adolfo, Julio, yo y por supuesto, Isaac.
Jueves en Soluciones Empresariales
La clase empezaba a las 7pm. Julio, Fabián y yo estuvimos en el lugar faltando 20 minutos para la hora. Pronto llegó la llamada de Adolfo que estaba perdido y parqueado a 75m de donde estábamos. Luego llamó Chico que estaba en las mismas que Adolfo pero segundos después ya estábamos todos ahí. Todos menos el anfitrión.
Llegó Isaac, prendió las luces de una oficina bastante bonita y cómoda en cuya entrada dos sillones de color rojo vibrante atrapaban la vista y el cuerpo por las ganas de sentarse en ellos. Al fondo, un pequeño patio de luz con una tabla en forma de repisa ancha y un par de bancos de plástico rojo en forma de F alrevés simulaban claramente un bar, aunque Fabián jugando de bueno dijera que era el comedor, que qué mente de alcohólica la mía.
Minutos después llegó el instructor. Nos lanzó una breve mirada mientras entró, dijo buenas noches y pasó directo a la sala de reuniones a instalar el proyector. Era un tipo blanco, alto y delgado pero no demasiado, con unos bellos y expresivos ojos rasgados, dientes perfectos que enseñaba en hermosas pero escasas sonrisas, sumamente guapo y el triple de serio, como pudimos comprobar después. Su nombre: Allan Guillén quien resultó ser el hermano menor de Erick, el mismo que nos ignoró en nuestros reiterados intentos por ir a volar balazos.
“Oh-oh”, pensé cuando detecté su seriedad, “no nos va a aguantar”. Conocía demasiado bien al grupo y ser serios no es una de nuestras virtudes principales, en especial mía o de Fabián. Bueno, en realidad de ninguno, prueba de ello fue que en la dinámica de presentación Adolfo dijo:
-Yo me llamaba Adolfo pero a partir de esta noche me llamaré Pancho Villa.
Es imposible contener la risa ante tal declaración.
Empezó la charla. Allan nos guió en un recorrido por la historia de las armas en general para entrar luego en los específicos de las armas de fuego, su evolución, las condiciones actuales y las consecuencias y responsabilidades que implica la posesión o el manejo de una. Surgieron mil preguntas y dos mil interrupciones que nos hacían rajarnos de la risa, cosa que a claras vistas no le hacía mucha gracia a nuestro instructor.
Yo no sé porqué yo seguía pensando, “pobrecito” a pesar de que con una sola mirada era capaz de poner al grupo en su lugar y continuar su charla como si tal cosa. Al final supongo que decidió echarle garra a aquel dicho famoso de “si no puedes vencerlos, úneteles” porque acabó riéndose de las tonteras que decíamos las cuales, valga la aclaración, el 99% de las veces sí dan mucha risa. De hecho yo estaba impresionada porque hay que ser una persona muy, pero muy seria para aguantarse la risa ante la selección mayor de charlatanes que don Allan tenía en frente esa noche. Lo sé porque yo era la seleccionadora.
En un determinado momento salió en la pantalla una diapositiva con una pregunta: ¿Tengo que andar armado? Julio respondió de inmediato que sí. Allan dijo un no muy enérgico y a continuación nos fundamentó con puntos muy válidos su negativa. Andar armado no es ninguna ganga, mucho menos si no se es conciente de lo que significa portar un arma y todavía muchísimo menos si no se sabe utilizar. Nunca se debe desenfundar un arma si no se tiene la seguridad de que se va a disparar y andarla le confiere a la persona el poder de coquetear con la muerte de una manera casi instantánea. En este momento se apoderó de mí un miedo terrible, tanto que pensé en desistir de ir al polígono al día siguiente y dejarlo hasta ahí. Volví a ver a Isaac y lo vi un poco pálido también.
Seguimos hablando, preguntando e interrumpiendo. Allan trajo a colación la película “300” y las imágenes de Leonidas y sus soldados embarrados de aceite me endulzaron la cabeza por lo que el miedo me fue abandonando para dar paso a una disimulada sonrisa.
Al final de la noche el profe nos regaló una golosina: llevó armas de diferentes tipos y marcas (descargadas, por supuesto) y nos dejó manipularlas a la vez que nos enseñó las poses más cómodas para disparar. En ese momento, la que más me gustó fue el revólver, supongo que por una cuestión romántica que me recordaba los clásicos del viejo oeste; además de que me sentía amenazada por la pistola y su carga semiautomática. Sospechaba que iba a estar lo suficientemente asustada en el polígono como para encima tener que preocuparme porque la bala quedara en boca justo después de que disparara una vez.
Un conjunto de palabras que tuvieron un énfasis especial en la boca de nuestro profe esa noche pero que en mi cabecita no calaron muy profundo que digamos fueron: EL DEDO SIEMPRE DEBE ESTAR FUERA DEL DISPARADOR, SOLO SE METE CUANDO SE VA A DISPARAR.
Allan sobrevivió la conferencia y las preguntas, por más descabelladas o salidas del tema que fueran y nosotros sobrevivimos sin ser expulsados prematuramente de la capacitación aunque recibimos la bien merecida pre-amonestación de que una vez en el campo de tiro la cosa iba en serio porque íbamos a tener en nuestras manos armas de verdad y cargadas. Cualquier payasada o gracia obtendría como premio la expulsión inmediata del polígono sin posibilidad de negociación.
-Ahí adentro las vidas de ustedes están en mis manos, bajo mi responsabilidad y no voy a tolerar juegos ni bromas. Es en serio.
Esto nos los repitió por lo menos 6 veces. No podía ser más claro.
Viernes en el Polígono de tiro en Pavas
Fabián y Vivi pasaron por mí a las 5:10pm. Mi amiga iba de escolta para las birras después de la graduación del Club de los Pistoleros Honorarios. Llovía mucho y la congestión del tráfico le hacía competencia en intensidad a la lluvia. Teníamos que pasar por Julio a su casa en Hatillo y cuando llegamos pensamos que ya no iba pues tres pitazos no lo hicieron salir. Cuando por fin salió le costó decidirse a entrar al carro porque Fabián le dijo que después de los balazos seguían las birras en El rincón de mi tata y como se puso una camiseta que según él no era apta para las birras pero sí para los tiros, nos costó convencerlo de que se veía guapo así y que no atrasara más.
De Hatillo a Pavas se llega en un brinco, aún así tardamos media hora en llegar. Eran las 6 y media cuando alcanzamos la calle de la embajada americana.
Recapitulamos acerca de las direcciones que nos había dado Allan: “antes de llegar a la embajada doblan a la izquierda, pasan la línea del tren, llegan a la Jack’s y toman hacia la derecha y después a la izquierda, de ahí siguen directo”; pero no nos acordábamos cuánto más teníamos que seguir directo. Llegamos a lo que parecía el final del camino y parqueamos en un local a la derecha donde Fabián preguntó por el polígono de tiro. Yo me burlé porque me pareció una redundancia lo que dijo pero después le tuve que pedir disculpas porque resulta que polígonos hay varios, no solo de tiro.
Seguía lloviendo y Allan no había llegado. Teníamos advertido que en el campo de tiro una hora es una hora y como nuestro turno era de 7 a 8, habíamos convenido en llegar con antelación para entrar en punto.
En el mostrador había un letrero que rezaba "Este viernes 6 de junio el polígono se cierra a las 7pm". Yo llegué, lo leí y me alarmé. "A nada vinimos”, pensé, "esta cosa la cierran justo a la hora que nosotros empezábamos..."
-¿Cómo que cierran a las 7?- pregunté.
-Sí- me dijo un tipo con facciones finas, vestido de negro- es que viene un grupo a tirar y cerramos el polígono solo para ellos.
-¡Ay no! ¿y ahora?- reclamé.
-Viene un grupo de Allan Guillén- me dijo, excusándose.
-Ahhhh, ok, esos somos nosotros- dije aliviada. En realidad no sé si aliviada, porque a ratos me volvía el miedo y me estaba arrepintiendo de entrar al polígono.
En eso llegó Allan con Mario. Nos saludó a todos, de larguito. Yo fui al baño a arreglarme la crin antes de que se me parara con los disparos propios y los de los demás. Me vi la cara y definitivamente no era la cara de una pistolera, más bien la de una loca curiosa y cero peligrosa.
Allan entró al polígono, supongo que a preparar las armas y colocarlas fuera del alcance de los niños que esperábamos afuera. Antes de que se cerrara la puerta alcancé a preguntarle que si ya podíamos entrar (a mí ya hasta me habían dado ganas de orinar del susto) pero me contestó que no. Al ratito salió y nos dio la bendición para entrar diciéndonos que recogiéramos unos anteojos y unas orejeras para cada uno. Yo, además de este equipo reglamentario, venía cargando mi iPod con el fin de que algo me sirviera de amortiguador y relajador para el stress o el rush que venía en camino. Arcade Fire empezó su concierto al cruzar la puerta.
Una vez adentro, cada quien escogió cubículo. Quedamos en este orden: Adolfo, Chico, Flo, Isaac, Fabián y Julio. Yo estuve a punto de decirle a todos que no esperaran nada de mí, que si conseguía pegar una bala en la diana iba a ser un logro olímpico porque mi puntería desde siempre ha sido pésima. Sin embargo me abstuve de hacer declaraciones. Supuse que igual no esperarían mucho de una mujer y menos de una primeriza.
Allan nos dio un arma a cada uno. Primero me dio una pistola. Cuando sentí lo que pesaba maldije a los actores de las películas de acción que nos agarran de majes luciéndose con pistolas de plástico barato y disparan a diestra y siniestra como si estas fueran una pluma. Esa cosa había que agarrarla con las dos manos, no había de otra. Y olvidarse de hacer maromas o piruetas, de eso nada.
Dos balas se materializaron en la mesa de mi cubículo y escuché la orden de meterlas en el cargador. Los dedos me temblaban y por un momento pensé que las manos no me iban a responder las muy cabronas, pero sí, y con un poco de lucha mental por controlar la motora fina lo logré. A la orden de “carguen” el aire se condensó un poco y me apretó el pecho pero un instinto que no conocía me hizo meter bien el cargador. Ya con la pistola cargada y alimentada decidí apuntar hacia la diana para esperar la orden de “fuego”. Allan pasó por detrás de mí y dijo:
-¡Dedo fuera del disparador!
Lo saqué ipso facto.
-A la orden, cuando listos, fuego- dijo despacio.
La orden llegó mucho más suave de lo que esperé. Reitero, maldito Hollywood y su publicidad engañosa porque yo esperaba un grito.
Disparé. Se me olvidó que la pistola es semiautomática y volvía a alimentarla y ¡oh maravillosa sorpresa! se me encasquilló. Juro por Alá que cuando vi eso sentí como que tenía en las manos una granada a punto de explotar y el susto debió reflejárseme mucho en la cara porque lo primero que me dijo Allan fue:
-Tranquila, no pasa nada, acuérdese que la pistola solo se alimenta la primera vez- y me la quitó, para mi infinito alivio.
Me quedé sin disparar la segunda bala de la primera ronda pero la que disparé quedó en la zona del 9. Suerte de principiante, pensé.
La patada no es gran cosa cuando se sabe que hay que esperarla, a lo que no me acostumbré fue al golpe del balazo en el oído. Cada vez que alguien disparaba, yo pegaba un brinco y soltaba un madrazo mental.
Los dos siguientes rounds nos dobló la ración de balas y nos cambió el arma. Esta vez me tocó un revólver. Los cuatro tiros me quedaron como hermanitos que van a la escuela juntos: muy cerquita uno del otro. Hasta me gané un “excelente” a la par de los “muy bueno” que obtuvieron Isaac y Fabián y el “deficiente” silencioso de Julio.
Paréntesis: pobre Julio, tan ilusionado que estaba con ser pistolero estrella, but he sucks and he knows it. Si hasta le hicimos un lema en señas pero tenemos fe de que practicando lo logrará algún día.
Cambio de arma otra vez; volví a la pistola. A la orden de carguen y alimenten me coloqué en la “posición glamorosa de disparo” que es con un pie adelante del otro y el cuerpo buscando balance. La otra pose se parece más a la del que va a cagar al monte por lo tanto, de mi parte, quedó descartada. Suficiente tenía con la cara de loca y el pelo parado del susto como para verme peor.
Alguien, por no decir Julio, cargó la pistola antes de que Allan diera la orden y se llevó su regañada. Mario me dijo en secreto:
-En entrenamiento eso habrían sido 50 push-ups…
Se salvó Julito que no estábamos en entrenamiento porque tampoco creo que lo hubiera logrado. Menos con lo desmoralizado que se le veía por haberse apeado como siete floreros y cuatro ventanas (según le dijo el sensei) con las balas que tiró afuera de la diana.
Por otro lado, no todo eran flores y mariposas por mi lado del polígono. “Dedo fuera del disparador” era la frase favorita del señor Guillén cada vez que pasaba detrás de mí y mi dedo salía inmediatamente de la zona del gatillo. Si me dijo eso 20 veces en toda la noche fue poco. Las últimas veces creo que me lo ladró pero bien puede haber sido que su voz me llegara distorsionada por culpa de los Cranberries.
Después de los primeros cuatro balazos seguidos, Allan nos dio una hoja bond blanca para pegar en la diana, con la instrucción de poner las cuatro balas en la hoja. La pistola se me encasquilló de nuevo pero esta vez aún antes de disparar. Mario vino en mi auxilio y cuando el profe me hizo ojitos de regaño (no de regalo, aunque bien podía), Mario le dijo que era que la pistola estaba dura. Se va a ganar el cielo ese Mario por socorrer a una damisela armada en desgracia.
Cuando a los chicos de Arcade Fire se les acabaron las municiones en mi iPod, entraron en escena Dolores O’Riordan y sus Cranberries. Y no es que quiera justificar a los soldados estadounidenses que oían rock pesado cuando salían a pelear pero en realidad la música estaba llenando mis expectativas con creces. Por lo menos no me arranqué los dedos a mordiscos.
Para la siguiente ronda ya nos tocaron 6 balas y cambiamos de blanco. La imagen de un tipo con pasamontañas remplazó a la diana anterior y la idea era herirlo por lo menos para inmovilizarlo. Teníamos que dispararle a la botella que es la zona del tórax y la cabeza.
Le metí las primeras seis balas en el esternón y las segundas seis (que disparé con una Uzi) también.
-Qué miedo con usted…- dijo Allan cuando vio mi trabajo.
No sé si lo interpreté correctamente pero me sentí halagada y con esa traducción me quedaré.
Nos pasamos media hora del tiempo que teníamos para estar adentro pero es que ninguno quería soltar la pistola. Yo me sentí como si hubiera aguantado la respiración todo el rato y hubiera vuelto a jalar aire cuando salí. Por unanimidad decidimos pedirle al “sensei” que nos organizara un viaje al polígono de Cartago, para practicar más, un sábado de estos.
Al final, antes de despedirnos y salir cada quien por su lado con el olor a pólvora pegado con pequeños círculos negros por dentro y con el peso fantasma de la pistola todavía en los dedos, no me aguanté, no me dio la gana de morderme la lengua y le dije a Allan:
-Oiga, usted sí andaba gruñón hoy.
-Yo siempre ando gruñón en el polígono.
Hombre de pocas palabras, señor Guillén, muchas gracias por la transferencia de conocimientos. Esperamos verlo pronto otra vez, pistolas en mano. Salud.
Quiero más!

